Por Chalaco y el Andino Central

Tuesday, April 04, 2006

De camino a Bolognesi

La señora me miró mientras yo filmaba una reunión de la Asociación. Le saludé con cariño, como suelo hacerlo siempre, e hice un gesto de complicidad a las hijas pequeñas que la acompañaban, aburridísimas de estar ahí, pero bien sentaditas y atentas, como buenas compañeras de su madre.

A los pocos días me enteré que les había caído bien y que la mamá, Edita, quería que les abriera los huequitos de las orejas, para ponerles aretes. Acepté sin inconveniente, pues un pasado medianamente “punkie” me ha hecho una experta en esto de abrir agujeros en el cuerpo con hilo y aguja. Pero la ceremonia implicaba algo más…

Madrinazgo, del más puro y con toda la confianza del mundo. Las niñas serían mis ahijadas “de aretes”. Me tocaba darles alguna propina (que nunca aceptaron) y, simplemente, ser la orgullosa madrina de dos pequeñas trabajadoras e inteligentes, que viven en un caserío llamado “Francisco Bolognesi”, a hora y media por trocha, desde Chalaco.



Isis y Lelie, de 9 y 12 años de edad, las más estudiosas de su colegio, junto con el obsequio merecido a la madrina: una gallina joven, o "pollita".
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Vanessa, profesora y colega de trabajo, debía ir a hacer un monitoreo a Francisco Bolognesi, y se sentía muy ilusionada y "segura" con la idea de que la acompañara yo. Me resulta dulce recordar aquellos días de trabajo arduo en campo, cuando el grupo de profesoras que llegaron por un diplomado en educación rural, dictado gratuitamente a maestros y maestras de Chalaco, contaban conmigo para las más audaces tareas, antes que con cualquier compañero "hombre" del grupo.

Me levanté a las 6 de la mañana, bajé del albergue municipal a buscar a mi compañera de viaje. Nunca antes había ido caminando hasta Bolognesi, sino en camioneta, por la trocha carrozable. Para mí era igual de nuevo (¡a buen árbol te arrimas, Vane!), por eso la noche anterior buscamos a mi amigo y compadre, Eddy, para que nos dibuje un mapa y nos contara de señales y desvíos.

Partimos, cargadas de fruta, chocolate y galletas dulces. Confiábamos en que el almuerzo nos sería dado por la Providencia, a través de las personas que visitaríamos. Afortunadamente, en el campo casi siempre es así. Compré un par de medias antes, para forrarme mejor los pies, ya que por esos días llovía y mis fieles zapatos ya daban indicio de no soportar más. Vane, linda ella, se atrevió a encarar la jornada con zapatillas de esas blancas con poca cocada, para educación física. Hay que ser valientes.



Una vez fuera del pueblo, habiendo pasado por una cancha de fulbito (o "futbolito", como sugiere el siempre "sutil" Marco Aurelio Denegri), nos dimos cuenta que el mapa de Eddy tenía ciertas inconsistencias, empezando por los puntos cardinales, que indicaban el sur hacia el lado en que vimos salir el sol (¡es un milagro que este hombre no se haya perdido mortalmente en el bosque de Mijal!).


Ya en camino, medimos tiempo y esfuerzo requerido. Ahí está el río, el valle es éste, sí, más o menos hora y media, si tenemos en cuenta que no podemos ir directo.

Antes de llegar al río, el camino tiene una pendiente muy aguda y llena de rocas. Tuvimos que bajarlo con mucho cuidado, pues en tiempos de lluvias el lodo es traicionero. Luego, finalmente, el río Naranjo, que nos ofrecía al otro lado un senderito lleno de charcos profundos, que hubimos de sortear a saltos.



Le conté a Vanessa que a veces, por el campo, aparecen ángeles, que clasifiqué en "hadas" y "duendes". Las hadas tienden a guiar tu lógica, que entonces no es lógica, sino instinto de supervivencia, o se transfiguran en personas que pasaban por ahí y te ayudan a seguir por la vía correcta.

Los duendes, en cambio, son juguetones y les gusta distraer. A veces quieren compañía, y te guían por caminos que no tienen nada que ver con el que buscas, pero es el de ellos. No llegan a extraviarte por completo, pero sí te hacen andar más, y se despiden con una sonrisa sinvergüenza. Ante eso, hay que disfrutar el paisaje, nomás, y seguir contento.

En esas divagaciones andábamos, mientras comíamos galletas dulces, cuando "apareció" una profesora del caserío Naranjo, quien nos contó lo mal que estábamos e indicó seguirla, pues ella sabía cómo podíamos llegar más rápido, y por carretera, que es suave.

Fuimos...

Llegamos a Naranjo, o, mejor dicho, a las primeras casas de Naranjo, pues el caserío es grande y hay que subir aún unos cien metros de monte, para tomar la carretera. La profesora entró al colegio y se despidió de nosotras. A descansar un rato, que seguirle el paso a una "propia" siempre será un poco desmoralizador y harto cansado para los foráneos, por más experiencia en estos trotes que se pueda tener.

Tomamos la carretera a Bolognesi. Allí encontramos a un joven que nos contó que desde el río hay que tomar el desvío a la izquierda (que estaba en nuestros planes y se lo dijimos a la profesora) y de allí se sube de frente a Bolognesi, que dimos mucha vuelta.

Vanessa y yo quedamos convencidísimas de nuestro encuentro con uno de esos "duendes" traviesos.

A vista de la primeras casa de Bolognesi, nos contaron los vecinos que la casa buscada, de la maestra Blanca, estaba bajando hacia el río (vaya...). A bajar, otra vez por una pendiente aguda, aunque menos empedrada y, por tanto, más resbalosa.

La casa de Blanquita nos recibió con cariño. Allí, Vanessa dio sus clases y yo conversaba con la familia, para averiguar los trabajos del Programa en los que participan, evaluar mejoras, dificultades y necesidades.

Fuimos premiadas con un delicioso plato de arroz a leña, con plátanos verdes cocidos y un trozo de carne seca encima, además de infaltables tortillas asadas y café.

Comimos a más no poder, porque estaba riquísimo, y todito, para no despreciar (es saludable salir al campo con disposición a aceptar gratamente la amabilidad de las personas, una de las principales reglas del citadino que trabaja en zonas rurales, que puede costar la desconfianza de toda una comunidad).

Después, como a las 3 de la tarde, nos tocaba despedirnos de Blanquita, su pequeño y la familia, para enrumbarnos unos cuantos metros (y resbalones) más abajo, a casa de doña Edita, don Domingo y mis -ahí aún futuras- ahijadas.

Nuevamente encontramos a una señora-ángel-duende, que nos animó a cortar camino por pastizales (si hay una cosa que me da miedo en las caminatas es, justamente, andar por pastizales, pues nunca veo a tiempo los huecos y los canales). La seguimos, por si acaso, y sí, llegamos antes, pero fue difícil volver al camino, por la humedad y los charcos.

Vanessa dio un mal paso y cayó de rodillas en un canal. Sus zapatillas estaban acomodadas a modo de zapatos "suecos". Pantalón enlodado y un buen susto, que se pasó con más cafecito en casa de la familia visitada, y un gran plato de "sango", a base de harina de trigo, sin refinar, frita con aderezo (cebolla y condimentos), queso y más tortillas.

Debo confesar que no nos cabía un bocado más en el estómago, pero rompía el corazón no aceptar un plato ofrecido con tanto cariño. ¡Pa'dentro, que algo de espacio habrá!

Luego, la azarosa tarea de hacerles a mis ahijadas los huequitos en las orejas. Hubo algo de sangre, pasa cuando te encuentras con algún vasito, pero Isis, la más pequeñita, es valiente como el que más, y sólo apretó la boquita.

Bueno, ya está. Les entregué sus aretitos de oro a ambas, y a celebrar con un par de copitas de cañazo. Edita quería que nos quedáramos con ella, pero debíamos regresar, no fuimos preparadas para trasnochar y Vanessa tenía reunión del trabajo en la noche... Además, ya empezaba a "neblinar" y pronto llovería.

Nos despedimos de "mi" familia y salimos corriendo. Lo que restaba de bajada era realmente peligroso, charcos de lodo, marcadísimo con huellas de mula.

Alcanzamos el puente, cruzamos el río y nos enrumbamos, de subida, a desandar lo andado y volver a Chalaco.

Antes de llegar, ya lloviznaba, y no sentíamos el cuerpo de lo cansadas que íbamos. Es que además, de regreso, llegamos cargadas de menestras, obsequio de la comadre, la gallinita (valiente bicho que sobrevivió a mi irregular andar) y, por supuesto, nuestros recargados estómagos de golosas circunstanciales (estoy segura que Dios sabrá comprender nuestro pecado capital de ese día).

En Chalaco, una ducha fría (helada, es el término más correcto) en el albergue. Antes, comprobar que mis zapatos colapsaron y que fue bueno forrarme los pies con dos pares de medias y bolsas. Mis pies, deshidratados, pero todo por una buena causa.

Cada vez que encuentro a Isis y Leslie, gritan contentas: ¡Mamá, llega mi madrina! Se siente un calor bonito en el pecho. Me gustaría ir a Bolognesi otra vez... Si quiere acompañarme algún lector de este blog, puede pasarme la voz.

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A Vanesita, Leslie, Isis y Edita.